Hay un perfil de persona que tarde o temprano aparece en la consulta de cualquier terapeuta. Delgada, activa, aparentemente sana. Lleva años haciendo deporte todos los días. Va al gimnasio, corre, hace triatlones o monta en bicicleta. Come bien, o eso cree. Y viene por un dolor en el hombro o en la rodilla. Algo pequeño. Algo que no encaja con todo lo que supuestamente hace por su salud.
Si te reconoces en este perfil, o si como terapeuta ya has tenido a alguien así delante, sigue leyendo. Porque lo que está pasando no es lo que parece.
El sobreentrenamiento tiene una cara que nadie explica
Cuando buscas exceso de ejercicio consecuencias en Google, todos los resultados te hablan de lo mismo: lesiones musculares, fatiga crónica, insomnio, bajada de defensas. Todo correcto. Pero ninguno te explica lo que está pasando por dentro a nivel metabólico. Y eso es exactamente lo que marca la diferencia entre alguien que se recupera y alguien que no.
Cuando el cuerpo se somete a un esfuerzo físico intenso y sostenido de forma crónica, activa los mismos mecanismos de emergencia que activa ante cualquier otra forma de estrés. El cortisol sube. El hígado recibe la señal de que necesita más glucosa disponible. Y la fabrica. No porque la persona haya comido mal sino porque el cuerpo interpreta ese nivel de exigencia física continua como una situación de demanda energética permanente.
El resultado es glucosa elevada en sangre de forma crónica. No puntual. Crónica.
En una persona joven esto se gestiona bien. El cuerpo tiene capacidad de recuperación. Pero a partir de los 45 o 50 años, que es exactamente el perfil del que estamos hablando, esa capacidad se reduce. El hígado sigue trabajando a tope pero los tejidos ya no responden igual. Y entonces empieza la cadena que nadie te ha contado.
Más glucosa en sangre. Más insulina para gestionarla. Receptores celulares que se van desensibilizando. Dolencias que aparecen y no desaparecen del todo. Un hombro. Luego una rodilla. Luego algo más.
El cuerpo está intentando parar. Y si la persona no para por su cuenta, el cuerpo se encarga de hacerlo.
Por qué hacer demasiado deporte es malo aunque comas bien
Esta es la pregunta que más confunde a este perfil de persona. Porque creen que si comen bien y hacen ejercicio el resultado siempre tiene que ser salud. Y durante años lo es. El problema es que lo que funcionaba a los 30 ya no funciona igual a los 50.
El exceso de ejercicio físico no solo genera lesiones externas. Genera un estrés metabólico interno que el cuerpo gestiona cada vez peor con el paso del tiempo. Y cuando ese estrés se mantiene durante años, el sistema empieza a ceder por el eslabón más débil. Que en este perfil suele ser una articulación, un tendón o un músculo que un día simplemente no se recupera como debería.
Los síntomas del sobreentrenamiento que todo el mundo conoce, el cansancio, las lesiones recurrentes, el insomnio, son la punta del iceberg. Lo que está debajo es un hígado sobrecargado, una respuesta hormonal al estrés permanentemente activada y un sistema metabólico que lleva demasiado tiempo trabajando por encima de sus posibilidades.
Cómo abordarlo desde cada disciplina
Desde la acupuntura el foco está en el hígado. El exceso de esfuerzo físico genera bloqueos en el meridiano de hígado que impiden que la energía circule correctamente hacia los músculos. Trabajando esos bloqueos el cuerpo puede empezar a gestionar mejor esa demanda energética. En casos de agotamiento profundo y cronicidad se trabaja también con puntos de riñón y los canales maravillosos para tirar de la reserva energética profunda y facilitar la recuperación. El matiz importante es que la acupuntura acompaña el proceso pero no puede sustituir el descanso. Si el origen es el sobreuso puro, ninguna técnica resuelve lo que solo el descanso puede resolver.
Desde el biomagnetismo y la kinesiología la ventaja principal es diagnóstica. Un testaje kinesiológico permite identificar con precisión cuál de las vías de estrés está más activa en esa persona concreta, si es predominantemente física, emocional o alimentaria, o si hay una combinación de varias. Los imanes no curan nada por sí solos. Lo que hacen es modificar el entorno bioquímico de una zona para que el cuerpo pueda regular lo que necesita regular. En este perfil el testaje suele apuntar al hígado y al sistema musculoesquelético. Y esa información permite hacer recomendaciones mucho más precisas que las que harías sin ese dato.
Desde la fitoterapia trabajamos con tres ejes principales. Para el hígado, que es el órgano más exigido en esta situación, el cardo mariano es la referencia por su capacidad de regeneración hepática, el diente de león apoya la depuración y el descanso del órgano, y la alcachofera ayuda al metabolismo de las grasas y la función biliar. Para el bazo y el sistema digestivo, que también se ven comprometidos cuando el estrés crónico empieza a afectar la digestión, la genciana estimula la producción de enzimas digestivas, el jengibre activa el fuego digestivo y la menta ayuda a regular el tránsito y reducir la inflamación. Para el corazón, sometido a un volumen de trabajo sostenido por el exceso de entrenamiento, el espino blanco es la planta cardiotónica de referencia, la melisa regula el sistema nervioso autónomo y reduce la respuesta al estrés, y el azafrán en dosis bajas tiene un efecto regulador sobre el eje emocional que conecta corazón y sistema nervioso.
Desde la alimentación la clave en este perfil no es hacer una dieta. Es entender que el cuerpo en ese estado de demanda crónica necesita más grasa de calidad y menos carbohidratos de absorción rápida. No porque los carbohidratos sean malos sino porque el hígado ya está fabricando glucosa de sobra y añadir más desde fuera sobrecarga un sistema que ya trabaja al límite.
El problema real es que este es exactamente el momento en que esta persona menos dispuesta está a cambiar su alimentación. Por eso la alimentación en este perfil es la última palanca que hay que tocar, no la primera. Primero el descanso. Primero la confianza. Y desde ahí la conversación sobre alimentación tiene alguna posibilidad de ser escuchada.
El factor que lo complica todo: las grasas trans
Todo lo anterior es recuperable. Un cuerpo que descansa, que reduce la carga de entrenamiento y que recibe los nutrientes correctos tiene una capacidad de regeneración enorme.
El problema aparece cuando se añade el consumo crónico de grasas trans. Estas grasas industriales, presentes en muchos de los productos que este perfil consume convencido de que se está cuidando, barritas energéticas, bebidas deportivas, productos procesados bajos en grasa, se incorporan a las membranas celulares y las dañan estructuralmente. Los receptores de insulina dejan de funcionar no porque haya demasiada glucosa sino porque la membrana que los sostiene está físicamente deteriorada.
Y entonces ya no basta con descansar. Hay que reparar. Y esa reparación es más lenta, más exigente y requiere eliminar con mucha precisión todo lo que sigue dañando mientras el cuerpo intenta reconstruirse.
Este es el perfil que lleva años creyendo que se cuida y acumulando un daño celular silencioso que convierte un problema recuperable en uno estructural.
Lo que necesitas saber como terapeuta
Si trabajas con este tipo de paciente, prepárate para la resistencia. Esta persona no va a aceptar fácilmente que el ejercicio que tanto disfruta es parte del problema. Ni que su alimentación, que considera impecable, necesita cambios.
Tu trabajo no es convencerle de todo a la vez. Es tratar la dolencia concreta que le ha traído a tu consulta, ganarte su confianza, y desde ahí ir introduciendo los matices. Despacio. Con paciencia. Sin enfrentarte a su modelo mental.
Porque si intentas ajustar los tres aspectos a la vez, se van. Y no porque seas mal terapeuta. Sino porque no están listos para escuchar lo que necesitan escuchar.
“Cuestionar lo que aprendes te convierte en un terapeuta libre.”
Gerardo Mella Formador Profesional en Terapias Naturales.