Llevamos décadas escuchando lo mismo. Haz ejercicio. Muévete más. El deporte es salud. Y en términos generales, no es mentira. El problema es que esa afirmación tan simple esconde una realidad bastante más compleja que casi nadie explica.
Porque el ejercicio físico no es bueno o malo por sí solo. Depende de quién lo hace, cómo lo hace, y en qué momento de su vida lo hace.
El cuerpo no distingue entre tipos de estrés
Cuando tu cuerpo percibe una demanda que supera su capacidad actual, activa los mismos mecanismos de emergencia independientemente de la causa. Da igual si es un problema en el trabajo, una discusión familiar o una hora corriendo a un ritmo que tu organismo no está preparado para sostener.
El resultado es siempre el mismo: el cortisol sube, el hígado recibe la señal de que necesita fabricar más glucosa, y el sistema metabólico entra en modo de alerta.
Eso es exactamente lo que ocurre cuando haces ejercicio por encima de tu capacidad de adaptación actual.
La clave está en la adaptación
Aquí está el matiz que casi nadie menciona. Una persona acostumbrada a correr cinco kilómetros puede hacerlo a un 50 o 60 por ciento de su capacidad máxima. Su cuerpo conoce esa demanda, se ha adaptado a ella, y no necesita activar reservas de emergencia para responderla.
Pero si esa misma persona lleva meses sin correr y sale a hacer los mismos cinco kilómetros, su organismo puede estar trabajando al 90 o 95 por ciento desde el primer minuto. Y a ese nivel de exigencia, el cuerpo sí activa el cortisol. Sí dispara la producción de glucosa. Sí entra en modo de estrés metabólico.
El ejercicio no ha cambiado. Lo que ha cambiado es la relación entre la demanda y la capacidad de respuesta del cuerpo en ese momento.
El movimiento natural no es lo mismo que el ejercicio de rendimiento
Hay otra distinción importante que se mezcla constantemente en la conversación sobre el deporte y la salud.
Una persona que sube escaleras todos los días, que camina al trabajo, que se mueve de forma natural a lo largo del día, está haciendo exactamente lo que su cuerpo necesita. Ese movimiento no activa el cortisol ni dispara la glucosa porque no supera ningún umbral de estrés. Es simplemente la actividad para la que el cuerpo humano está diseñado.
El problema aparece cuando confundimos movimiento natural con rendimiento deportivo. Cuando alguien que no necesita hacer ejercicio intenso se pone a hacerlo porque le han dicho que es lo que hay que hacer. Cuando el cuerpo no pide movimiento pero lo forzamos igualmente.
Si tu cuerpo no te pide moverse, el problema no está en la falta de movimiento. Está en otro sitio. Y forzar el ejercicio en ese contexto puede estar estresando un organismo que ya tenía suficiente con lo que estaba gestionando.
Cuándo el ejercicio se convierte en el problema
El perfil más habitual que aparece en consulta con este patrón es claro: persona de entre 45 y 55 años, delgada, que lleva años entrenando de forma intensa, convencida de que hace todo bien. Gym, running, triatlón, ciclismo. Come según ella correctamente. Y empieza a acumular pequeñas lesiones que no se van, fatiga que no desaparece, y una recuperación cada vez más lenta.
Lo que está ocurriendo por dentro es que ese nivel de exigencia sostenida durante años ha mantenido el cortisol elevado de forma crónica. El hígado lleva tiempo fabricando glucosa en exceso. Los receptores celulares empiezan a desensibilizarse. Y el cuerpo empieza a ceder por el eslabón más débil.
Antes no le pasaba. Ahora sí. Y no entiende por qué, si no ha cambiado nada.
Lo que ha cambiado es que el sistema ha llegado a su límite.
Lo que esto significa para ti como terapeuta
Si trabajas con este tipo de paciente, lo primero que tienes que entender es que el ejercicio no es el enemigo. El exceso de ejercicio sin la recuperación adecuada, combinado con una alimentación que no cubre las demandas reales del organismo y en un cuerpo que ya no tiene a los 50 la misma capacidad de recuperación que tenía a los 30, sí puede serlo.
Desde la acupuntura trabajaremos el meridiano de hígado para desbloquear la circulación energética y en casos crónicos tiraremos de puntos de riñón y canales maravillosos para recuperar la reserva profunda. Desde el biomagnetismo el testaje nos permitirá identificar exactamente qué vía está más comprometida antes de intervenir. Desde la fitoterapia apoyaremos al hígado con cardo mariano, diente de león y alcachofera. Desde la nutrición el mensaje no es hacer dieta sino entender que un cuerpo en ese estado necesita más grasa de calidad y menos glucosa externa, porque ya tiene suficiente con la que fabrica él solo.
Y desde la experiencia clínica, lo más importante: con este perfil el orden de las conversaciones importa tanto como el tratamiento. Primero tratas la lesión que les ha traído. Después ganas su confianza. Y solo cuando te escuchan hablas de lo demás.
El multiplicador que lo empeora todo
Todo lo anterior es recuperable si se actúa a tiempo. El cuerpo tiene una capacidad de regeneración notable cuando se le dan las condiciones adecuadas.
El problema llega cuando se añade el consumo crónico de grasas trans. Estas grasas industriales, presentes en muchos de los productos que este perfil consume convencido de que se cuida, se incorporan a las membranas celulares y las dañan físicamente. Los receptores de insulina dejan de funcionar no porque haya demasiada glucosa sino porque la membrana que los sostiene está estructuralmente deteriorada.
En ese punto ya no basta con descansar. Hay que reparar. Y la reparación es más lenta, más exigente, y requiere eliminar con precisión todo lo que sigue dañando mientras el cuerpo intenta reconstruirse.
Esto es lo que nadie explica cuando habla de ejercicio y salud. Y es exactamente lo que marca la diferencia entre un terapeuta que entiende lo que está pasando y uno que solo trata el síntoma.
“Cuestionar lo que aprendes te convierte en un terapeuta libre.”
Gerardo Mella Formador Profesional en Terapias Naturales.